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Los otros fusilados, militares que intentaron un golpe de mano para acelerar el retorno de Perón

Oscar Cogorno, Jorge Costales y Rolando Zanetta estuvieron entre los más de treinta militares, policías y civiles comprometidos con el peronismo que entre el 9 y el 12 de junio de 1956 fueron asesinados por participar de la rebelión o por la mera sospecha.

Oscar Cogorno, Jorge Costales y Rolando Zanetta estuvieron entre los más de treinta militares, policías y civiles comprometidos con el peronismo que entre el 9 y el 12 de junio de 1956 fueron asesinados en los basurales de José León Suárez, pero también en Lanús, La Plata y otros lugares, por participar de la rebelión armada que comandaban los generales Juan José Valle y Raúl Tanco o por la mera sospecha de formar parte.

A la mayoría se les aplicó la ley marcial de modo retroactivo, contra toda lógica jurídica, porque Pedro Eugenio Aramburu tenía información de que se preparaba un alzamiento y había dejado listos tres decretos con ese fin; en el caso de Cogorno y otros diez miembros del Ejército se desconoció el veredicto de un Tribunal de Honor castrense que había resuelto no condenarlos a pena de muerte.

Valle, jefe de la sublevación, que había logrado evitar la captura, la represión inicial y los asesinatos de las horas subsiguientes, fue el último fusilado -en la penitenciaria de la actual plaza Las Heras, pleno Palermo-, a pesar de que el emisario de Aramburu, el capitán de la Armada Francisco Manrique, le había prometido salvar su vida y terminar con las ejecuciones de los peronistas que se habían rendido.

La investigación de Rodolfo Walsh y Enriqueta Muñiz a partir del hallazgo de un sobreviviente de la masacre de José León Suárez, la narración perfecta de “Operación Masacre”, dejaron un testimonio imborrable de lo que ocurrió con los doce civiles que fueron arrastrados hasta aquel basural, con cinco que fueron asesinados por la Policía de la provincia de Buenos Aires y siete que pudieron escapar, entre ellos Juan Carlos Livraga.

Pero el gobierno de facto de Aramburu y el almirante Isaac Rojas mató a muchos más, y en su respuesta represiva se concentró particularmente en los integrantes del Ejército de diversa graduación -también oficiales de la Policía- que habían sido pasados a retiro o puestos en disponibilidad por su adhesión al peronismo; que habían compartido horas de cautiverio con Valle y que, como objetivo de máxima, buscaban generar las condiciones para el retorno del presidente constitucional.

Tres de esos hombres de armas que fueron fusilados, Cogorno, Costales y Zanetta, tenían una misión asignada como hombres claves de la sublevación que arrancó en la noche del sábado 9 de junio de 1956, mientras en el Luna Park se desarrollaba el match de boxeo entre Eduardo Lausse y el chileno Humberto Loayza: la pelea era el santo y seña que se habían dado los grupos que operarían en simultáneo en distintos puntos del Gran Buenos Aires y en La Plata.

Cogorno, por entonces teniente coronel, debía tomar por la fuerza el Regimiento 7 de Infantería de La Plata, objetivo que logró en un primer momento aunque luego debió abandonarlo por ataques con armamento pesado.

A Costales, capitán del Ejército, le habían encargado las tareas de inteligencia: tenía que ocupar la Escuela Nacional de Educación Técnica (ENET) N° 1 de Avellaneda para transmitir una proclama desde la radio del colegio industrial.

Zanetta, que hasta el golpe de septiembre de 1955 había sido comisario inspector, era en junio de 1956 un ciudadano común con foja de servicios en la Bonaerense: en la noche de la insurrección su tarea era apoderarse de la Jefatura de Policía junto a un grupo de militantes que portaban armas robadas en otra seccional.

Pero en la Jefatura los estaban esperando.

La dictadura autodenominada como Revolución Libertadora los había infiltrado y con la información de los principales blancos y la fecha elegida para el alzamiento, el “presidente provisional de la Nación Argentina en ejercicio del Poder Legislativo” -así firmaba Aramburu sus decretos o disposiciones normativas- dejó que los hechos se desencadenaran.

El titular del PEN tenía preparados tres decretos correlativos para instaurar la ley marcial y la pena de muerte por fusilamiento para quienes la violaran, en el caso de los 10.362 y 10.363, y para dejar establecido el listado de personas a fusilar -nómina que estaba estaba vacante pero que sería completada cuando fuera necesario-, en el caso del decreto 10.364. El Boletín Oficial los publicaría recién el 14 de junio.

La entrada en vigencia de la ley marcial se comunicó al país por cadena nacional recién a las 0:32 del 10 de junio, por lo que en términos legales a muchos de los detenidos del 9 a la noche se les aplicaría una condena sumarísima -la pena capital en el paredón o en un basural en medio de la noche- que no podían conocer y, por lo tanto, tampoco cumplir.

“Los asesinatos comenzaron la misma noche en que dictara la ley”, reconstruyó 66 años después, en diálogo con Télam, la nieta del teniente general Cogorno, Julieta Cogorno (44), licenciada en administración.

“Mi abuelo fue fusilado al día siguiente de tomar el Regimiento 7. Él, como el general Valle y sus compañeros de lucha (el teniente Alberto) Abadie, (el teniente Néstor Marcelo) Videla y (el teniente coronel José) Irigoyen, dieron su vida defendiendo el restablecimiento de elecciones libres sin proscripciones y la Constitución de 1949”, aseguró, para luego acotar que su abuelo fue ascendido post-mórtem a general de brigada.

El reconocimiento lo decidió el propio Perón en el año 1973.

En el caso de Costales, también fusilado, su ejecución fue dispuesta por el capitán de navío Salvador Ambroggio en un juicio sumarísimo en la Regional Lanús de la Policía.

El oficial naval recibió un llamado llamado telefónico, le hizo algunas preguntas a Costales y le ordenó salir al patio de la comisaría: lo mataron allí mismo, con una ametralladora.

Del mismo modo fue ejecutado el teniente Irigoyen, y el procedimiento -un par de preguntas y la salida al patio- terminaría también con las vidas de los civiles Dante Lugo, Osvaldo Albedro y los hermanos Clemente y Norberto Ross, todos muertos en ese predio policial, ubicado en la esquina de Salta y Juncal, Lanús.

El jueves pasado, en ese preciso lugar, el Frente de Todos descubrió una placa en memoria de los siete peronistas de la localidad que fueron asesinados en la sublevación de junio de 1956.

Contactado por Télam, el hijo menor de Costales, que también se llama Jorge y se define como un “economista autodidacta”, revivió el crimen que marcó para siempre a su familia, al cumplirse esta semana 66 años de aquellos hechos.

“La partida de defunción de mi padre dice ‘muerto en la vía pública, herida de bala en cabeza y tórax. O sea, no tuvieron la valentía de decir por qué los mataron y cómo”, repudió.

“Yo tenía siete meses cuando lo mataron. Él había estado muy consustanciado con el régimen constitucional (por el gobierno de Perón) y fue dado de baja del Ejército en septiembre del ’55: hasta febrero del ’56 lo tuvieron preso en un vapor que se llamaba Washington, junto con un montón de militares, con el barco varado a unos kilómetros del puerto de Buenos Aires, cosa que no se pudieran escapar”, recordó.

Esa prisión compartida de cinco meses resultó clave para los encarcelados, siguió, porque “empezaron a pergeñar lo que sería el movimiento del alzamiento del 9 de junio y al salir empezaron a conectarse con distintas fuerzas civiles; hay que recordar que a principios del ’56 sale el decreto 4161 (que prohibía mencionar el nombre Perón y otros términos ligados al justicialismo), con el que se pierden todos los derechos sindicales”.

Zanetta, otro de los protagonistas del alzamiento que resultó asesinado, había llegado con tres heridas de bala al Hospital San Martín de La Plata en la noche del mismo 9 de junio, tras fracasar la toma de la Jefatura.

Allí lo operaron de urgencia, salió bien de la cirugía, se estabilizó y quedó internado, pero en la mañana del 10 de junio se presentó en el Hospital el entonces jefe de policía de la Provincia, el teniente coronel Desiderio Fernández Suárez. Lo acompañaban varios marinos.

Uno de los hijos de Zanetta, también de nombre Rolando, que en 1956 tenía 8 años y que dedicó su vida laboral al transporte de carga en camiones, relató a Télam los últimos instantes de la vida de su padre.

“En la mañana del 10 llegaron y lo sacaron de terapia intensiva. Lo cargaron arriba de una ambulancia porque querían fusilarlo en el Regimiento, donde fusilarían a Cogorno pero en ese momento todavía no lo tenían atrapado. Se ve que a mi padre, al final, decidieron asesinarlo arriba de la ambulancia, le dieron tres balazos en el pecho y lo abandonaron en la cochera del hospital. Lo tuvimos que velar a cajón cerrado y con custodia”, reconstruyó.

Y acotó: “Esa es la historia de mi papá, un militante peronista de toda la vida, hijo de anarquistas italianos, que se plegó al peronismo para la defensa del pueblo”.

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